Marie Bashkirtseff
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Así escribía
Marie Bashkirtseff
(1858-1884)

Rose

Nueva versión en español
del
Diario de María Bashkirtseff.

Edition Integral
Los 16 tomos de la primera y única versión integral en francés del Diario de M.B., edición del Círculo de Amigos de Marie Bashkirtseff

Pocos años después de la prematura muerte de María Bashkirtseff en 1884, a los veinticinco años, fue publicado un libro en dos tomos que sería un éxito editorial en Francia y en el mundo: su Diario. Aquella edición resumida que vio la luz en los ultimos años del siglo XIX (y sus sucesivas reediciones y traducciones) -ahora lo sabemos- respondía a los gustos y a las limitaciones de la moral victoriana de la época y no exponía sino una imagen distorsionada de la vida de Marie. Esto se debió a que la mayoría de los personajes aún vivía en el momento en que la madre, con el concurso del dramaturgo André Theuriet, realizara aquella selección y posterior maquillaje de los textos.

Entre 1996 y 2005, madame Ginette Apostolescu, del Cercle des Amis (Círculo de Amigos) de Marie Bashkirtseff, transcribió y publicó (en francés) la edición integral del Diario de Marie Bashkirtseff, a partir del manuscrito original depositado en la Biblioteca Nacional de Francia. El resultado: casi cinco mil páginas impresas en un total de dieciséis volúmenes, a través de cuya lectura es posible descubrir a la verdadera Marie detrás de la heroína rosa que nos había querido imponer aquella versión primitiva.

A mediados de 2011 y con la autorización del Cercle des Amis de Marie Bashkirtseff, hemos comenzado un trabajo de selección y traducción de la edición integral para el público hispanoparlante con la intención de dar a conocer a la auténtica Marie Bashkirtseff. Puesto que la publicación de la obra completa en español sería inviable en el plano editorial, se tratará de una edición de textos escogidos (intentaremos respetar todas las entradas ya que Marie escribía todos y cada uno de los días) de, estimamos, unas seiscientas páginas. Será la nuestra una larga tarea de selección, traducción, re-selección y síntesis que finalizará, prevemos, en el año 2018.

 

Actualización: noviembre de 2016

Hemos finalizado el trabajo de selección de textos y traducción del Diario de Marie Bashkirtseff y encaramos ahora la corrección definitiva así como la confección de un glosario con un índice de nombres citados ya que son cientos los personajes que Marie cita a lo largo de su obra. Consideramos que la tarea estará completada en el curso del año 2017. Si esto es así nos habremos adelantado un año a la fecha que habíamos estimado en principio.

En lo que no acertamos fue en la extensión: habíamos supuesto que sería un libro de unas seiscientas páginas pero el trabajo de campo nos marcó otra realidad: era posible resumir mucho durante las épocas de su adolescencia, que fue el periodo en que más escribió, pero en sus últimos años todo es demasiado sustancial. Así que el resultado final serán dos tomos de aproximadamente ochocientas páginas cada uno, volumen que representa aproximadamente un cuarenta por ciento del manuscrito original.

Irá acompañado de un árbol genealógico de la familia materna y otro de la paterna, así como de una introducción y de cientos de notas de pie de página, que habrán de situar al lector en contexto, y de un epílogo en el cual se detallará la suerte, luego de la muerte de Marie, de cada uno de los personajes que la rodearon. Por último, habrá un apéndice sorpresa para el lector.

En cuanto a la edición, pensamos en una plataforma digital para asegurarnos la publicación, puesto que nuestro objetivo último siempre ha sido la difusión de la vida y de la obra de nuestra heroína. En esa plataforma también podrán adquirirse ejemplares en papel, confeccionados on demand, para lo cual también estamos abocados al correspondiente diseño y maquetación de la obra.

Por supuesto, luego intentaremos interesar a alguna casa editorial.




Marie Bashkirtseff escribió durante once años, entre 1873 y 1884, casi todos y cada uno de los días.
En esta página publicamos un anticipo de nuestro trabajo de traducción:

Diario de mi vida
(1873-1884)

 

Marie Bashkirtseff

 


1883
(A los 24 años)

Lunes 1° de enero de 1883 – [León] Gambetta, enfermo o herido desde hace varios días, acaba de morir. No puedo describir el extraordinario efecto que ha producido esta muerte. Imposible de creer. Este hombre era parte de la vida de todo el país así que ahora es imposible imaginarse algo sin él. Triunfos, fracasos, caricaturas, acusaciones, alabanzas, chistes, nada se tenía en pie sin él. Tal vez… Los periódicos hablan de su derrumbe pero, en realidad, nunca cayó. ¡Su ministerio! ¿Se puede juzgar un ministerio de seis semanas? ¿Vaya chiste… y qué mala fe! Se le pide a un hombre estar fully en cuarenta días con la amenaza perpetua de ser derribado por una cuestión de soperas de goma con doble mecanismo. Pero yo estoy lejos de toda esa agitación, aislada y embrutecida por esta innoble pintura… ¡Muerto con siete médicos… y qué de atenciones a su alrededor, cuántos deseos de salvarlo! ¿Para qué curarse, atormentarse, sufrir? Ahora la muerte me aterra, como si la estuviese viendo. Sí, me parece que va a venir… pronto. ¡Ah, qué pequeña se siente una! ¿Y para qué? ¿Por qué? Debe haber algo más allá, esta existencia pasajera no es suficiente, no está proporcionada a nuestros pensamientos y a nuestras aspiraciones. Hay algo más allá, sin lo cual esta vida no se puede explicar y Dios nos parece absurdo… La vida futura… hay momentos en que una la entrevé sin comprenderla y queda pasmada. Triste Año Nuevo, con la princesa, Alexis y Dusautoy, tristeza mortal en la que se hizo oír la incomparable «Marcha fúnebre» de Chopin. El otro día me caí en las escaleras, esta mañana resbalé en mi baño, dicen que es un presagio del fin… Entonces… las tiradoras de cartas me han venido mintiendo… es posible… Qué miserable, qué miserable, qué miserable existencia. Y encima me calumnian tanto… ¿Y cómo es eso? ¡Ah!, nunca voy a creer lo que me digan los demás. El mundo es infame. Y lo que es atroz es que lo que quieran inventar sobre mí siempre parecerá posible y creíble… Yo haría mejor en… Y no sé cómo sucede… Hay una masa de gente que se ocupa de mí y como eso se repite una y otra vez, agigantan e inventan para hacer las conversaciones más interesantes… ¡Oh!, pero si a veces yo misma lo hacía al hablar de los demás… aunque raramente y actualmente ya nunca más. He tenido un sueño que no puedo recordar pero que me ha dejado una impresión de vacío, de nada, de frío. Le escribí a Etincelle para decirle que este año pintaré con mucho gusto el retrato de su hija (el año pasado me fui a Niza cuando debía hacerlo) y ella me respondió, con la más amable y la más simpática de las cartas, que me enviará a Mimie el 3 de enero. Si me sale bien, mi fortuna estará echada. [Louise] Breslau está haciendo el retrato de mademoiselle de Rodays, la hija del administrador del «Fígaro». Etincelle, que es la cronista del «Fígaro», hará la propaganda mundana y seguidamente se lo hará ver a [el crítico de arte Albert] Wolff.

Martes 2 de enero de 1883 – Todo el ruido y los artículos de los periódicos sobre la muerte de Gambetta no logran todavía hacernos creer que es verdad. Ese gran acontecimiento está demasiado cercano, sólo se puede juzgar a cierta distancia. Vean este artículo de «La justicia», el diario de [Georges] Clemenceau y hostil a Gambetta, que les recomiendo: me ha conmovido profundamente. Hoy debíamos tener algunas personas para cenar pero no apareció nadie. La duquesa de Fitz-James vino a agradecer por las flores que le enviamos. Esta vieja con peluca habla de Gambeta y de una restauración [del Imperio] que su muerte haría posible. No me parece probable, aunque esta muerte sea un golpe tan formidable que yo, extranjera, desconocida, enclenque, me siento conmovida hasta el fondo de mi ser… Espero que los amigos de este hombre, tan estúpidamente calumniado, le hagan una apoteosis digna de su genio. ¿Quién después de él?... Clemenceau, con su elocuencia doctrinaria, seca y precisa. Lo he visto la otra noche en la Ópera y antes de ayer con el florista Vaillant, ese pequeño Clemenceau, ese doctor…

Si seré desgraciada por vivir en París... a un lado de todo lo que hace al París que adoro… ¡siempre a un lado!... Qué no daría por hervir con los demás en esa divina caldera… Y más cuando siento que día a día mis facultades disminuyen. Incluso los imbéciles se vuelven soportables en contacto con ciertas personas o en cierto ambiente, mientras que las gentes inteligentes se elevan aún más. Yo me consumo en la más negra miseria intelectual… Géry vino a contar que su hijo acaba de ser condecorado por el sultán.

Miércoles 3 de enero de 1883 – La lectura de los periódicos, atiborrados de Gambetta, me oprimen la cabeza como si la tuviese dentro de un círculo de hierro, peroratas patrióticas, palabras sonoras: patriota, gran ciudadano, un duelo nacional… No puedo trabajar, intenté, he querido forzarme… Esa sangre fría del primer momento me ha hecho cometer la irreparable y para siempre lamentable estupidez de permanecer en París en lugar de correr a Ville d’Avray, apenas recibida la noticia, y ver la habitación e incluso hacer un croquis… Nunca seré oportunista… En fin… Como pueden ver en los diarios, [Jules] Bastién [Lepage] no abandonó un instante la Ville d’Avray ni [la sede de la Asamblea Nacional Francesa,] el Palacio Borbón.

Esta noche fuimos a la Ópera, palco Casa-Riera como de costumbre. Los Gavini, Géry, Nervo, Lahirle, el marqués y la marquesa de Villeneuve. La marquesa es la hija del príncipe [Napoleón] Pierre Bonaparte, casada con el pequeño marqués gracias a un millón aportados por el príncipe Roland, su hermano, casado y viudo de mademoiselle Blanc, de Mónaco. Ahí está. Yo estaba cubiertta de rosas y de vapores blancos, una trenza alrededor de la cabeza; esta corona de cabellos tiene algo de encantador. El marqués de Casa-Riera estuvo allí también. Es el sobrino del viejo muerto de quien ha heredado los sesenta millones. Tiene cuarenta años y es soltero.

Jueves 4 de enero de 1883 – Me encontré con con [el director de la academia, Rodolphe] Julián, que traía en su bolsillo para mostrarme el artículo de [Charles Camille] Pelletan que me había conmovido tanto. Me dijo que nunca experimentaré pasión verdadera (hablando de Gambetta y de esa mujer), que no soy lo bastante mujer… digamos que fue casi el parlamento de Claude Vignon a Camille Maupin (ver Beatrix de Balzac). En fin, sin embargo no soy tan mujer superior como para… Las tiradoras de cartas me lo habían dicho. Por lo demás, ese monstruo de Julián me consoló diciendo que, como desquite, tendré a todos los hombres y que mi corte será siempre numerosa porque, en definitiva, soy encantadora, espiritual, original… pero sin la fibra sensible… En fin, me adorarán sin amarme, tal vez sean seres comunes que tomarán por verdaderas todas mis emociones de strass… Este hombre no me comprende… o soy yo la que se juzga mal… o puede ser posible, de hecho… Tiene razón, mis lágrimas, mis agitaciones, mis peroratas, todo eso no son más que poses ante el público… No experimento menos de todo lo que experimento… pero él dice que es superficial… Es posible. En fin…

Esos periódicos me produjeron un efecto terrible. Llevaron el ataúd al palacio, fue el presidente de la Cámara quien lo recibió. —Le agradezco por haberlo traído aquí—, le dijo a [Eugène] Spuller fundiéndose en lágrimas. Y yo por llorar. El austero, el grave, el simple [Henri] Bresson, que no fue su amigo. Le agradezco por haberlo traído aquí: hay allí una emoción real que nunca tendrá ninguna comedia. Y los diarios con sus: gran declamador, ilustre orador, genio, soplo poderoso, cabeza leonina… Me siento revuelta, enervada, casi enferma… Y encima Brisson que dice que tal vez nunca tenga el valor de hablar de este muerto terrible… A los cuarenta y cinco años. ¡Hace apenas cinco días!... Pasamos la velada escribiendo invitaciones para el 12… Es como si esta muerte me hubiese herido… No hemos podido entrar, después de haber hecho cola durante dos horas. La masa estuvo bastante respetuosa sin embargo, teniendo en consideración el carácter francés, la multitud, los codazos, las conversaciones que se entablaban, la tentación perpetua de demostrar espíritu a propósito de todo, las bromas inevitables en semejante enjambre. Y cuando algunos reían demasiado fuerte había otros que imponían silencio gritando: ¡es indecente, respétenlo!... Y en todas partes se vendían fotografías, medallas, diarios ilustrados, ¡la vida, la muerte de Gambetta! El corazón se me oprime ante esta constatación brutal del acontecimiento, de esta publicidad tan natural… aunque todo me haya parecido una impudicia…

Viernes 5 de enero de 1883 – [Denis]Gavini nos hizo entrar por las puertas privilegiadas. Yo me sentía palidecer ya en el patio, los hombres atareados, las coronas, los ojos enrojecidos y, en fin, el imponente, el grandioso catafalco y esa sala toda embanderada de negro, empequeñecida por la cantidad de coronas y la avalancha de flores. Las luces después del sol, el ataúd bien en lo alto, bajo el dosel y entre las cuatro columnas envueltas en banderas tricolores… Me puse a llorar en el momento en que mamá me traía a Hecht, mi enemigo, que también lloraba mientras me estrechaba las manos repitiendo: —¡Oh!, ¡gracias, gracias!—. Hice un gesto como para excusarme por llorar. Luego volvió varias veces y en la puerta, cuando ya estaba más serena y quise pasar sin mirarlo, me aferró otra vez las manos con su lloroso: —¡Gracias, gracias!—. En fin, la muerte de ese grande me ha vuelto a las realidades de la vida, lo mismo que ese pobre Gavini que tomó a Hecht por Bastién Lepage y lo colmó de gentilezas.

Sábado 6 de enero de 1883 – Fuimos a ver pasar el cortejo desde las ventanas de monsieur Marinovitch, ministro de Serbia y cuñado de la princesa, calle de Rívoli 240. Sería difícil encontrar un mejor emplazamiento. A las diez, cuando el cañón anunció la salida del cuerpo, ya estábamos en nuestras ventanas. El carro, precedido magníficamente por clarines, militares a caballo, una marcha fúnebre y tres enormes carretas abiertas y sobrecargadas de coronas, me provocó una sorpresa a la que llamaré sin ambages decepción. Palabra dura pero justa para los dos Bastién Lepage que lo han proyectado. A través de las lágrimas que me producía el grandioso espectáculo reconocí a los dos hermanos, que caminaban muy cerca de su obra. El arquitecto, a quien su hermano le había acordado el lugar de privilegio ya que no necesitaba de ello para ser célebre, iba casi sosteniendo un cordón del manto que cubría al sarcófago. El carruaje era bajo, como aplastado de dolor, con un paño de terciopelo negro arrojado de través, algunas coronas al azar y el ataúd envuelto en la bandera. Yo hubiese querido más majestad, acostumbrada tal vez a las pompas de la iglesia… En fin, tal vez han pensado librarse al coche fúnebre clásico e imitar una suerte de carro antiguo que hiciese pensar en el cuerpo de Héctor reconducido a Troya. Luego del paso de tres carretas de flores y de varias coronas gigantesas, una hubiese podido creer que ya era suficiente. Sin embargo, esas tres carretas quedaron pronto en el olvido. Jamás, a decir de todo el mundo, jamás hubo tal desfile de flores, de banderas de duelo y de coronas. Yo confieso sin vergüenza haber quedado sobrecogida por esa magnificencia. Me sentía conmovida, encendida, excedida, creo que no teníamos palabras y repetíamos siempre lo mismo: ¿Cómo?, ¡más todavía! Sí, todavía, todavía y todavía, coronas de todos los tamaños, de todos los colores, gigantescas, fabulosas, como jamás se las vio. Sobre los varales se desplegaban estandartes y cintas con inscripciones patrióticas, franjas de oro que brillaban a través de los crepés, avalanchas de flores, de perlas, de cintas, macizos de rosas que se balanceaban al sol, montañas de violetas y de siemprevivas y todavía una fanfarria que tocaba la marcha fúnebre demasiado rápido y se alejaba en notas tristes. Luego el rumor de los pasos sobre la arena de la calle, que yo quería asimilar al sonido de una lluvia de lágrimas… Y seguían pasando las delegaciones portando coronas: los comités, las asociaciones, París, Francia, Europa, las industrias, las artes, las escuelas, la flor de la civilización y de la inteligencia. Y luego los tambores cubiertos con velos de crepés y el admirable sonido del clarín después de silencios formidables. Los salvadores fueron aclamados, lo mismo que los estudiantes que saludaban como diciendo: Tal vez no haya otro entre nosotros. Luego, otra vez una marcha fúnebre y más coronas. Las más bellas fueron saludadas con murmullos de admiración. Argelia fue aclamada, al paso de [el barrio de] Belleville. Yo, con esa facultad de asimilación y de vibración que poseo en un grado tan poderoso, he percibido un movimiento de orgullo enternecedor que me ha velado los ojos. Y cuando pasaban las coronas monumentales de las ciudades de Alsacia-Lorena y sus banderas tricoles enlutadas, hubo tal estremecimiento en la multitud que las lágrimas brotaron de los ojos. Y el desfile continuaba siempre, y las coronas se sucedían, las cintas y las flores brillando al sol a través de telas de crepé. No era un entierro sino una marcha triunfal. No veo por qué no podría decir apoteótica. Era un pueblo entero el que caminaba detrás de ese sarcófago y todas las flores de Francia habían sido cortadas para honrar a este genio atrozmente muerto a los cuarenta años, que encarnaba todas las aspiraciones generosas de esa generación, este hombre que había terminado por apropiarse y por englobar en su personalidad la vida entera del país joven, que era la poesía, las artes, la esperanza, la cabeza de los hombres nuevos. Muerto a los cuarenta y cuatro años, sin haber tenido tiempo más que para preparar el terreno para su obra de revancha y de grandeza. Este increíble y único desfile duró más de dos horas y media y, al final, la masa se cerró, la masa indiferente y bulliciosa que sólo pensaba en reírse de la espantada de los caballos de los últimos coraceros. Jamás hubo algo parecido, las músicas, las flores, las corporaciones, los niños entre esa ligera bruma que el sol hacía parecer a las imágenes de una apoteosis. Ese vapor dorado y esas flores hacían pensar en el cortejo imposible de algún joven dios. Incluso dejando de lado la política, puedo comprender que todos hayan querido brindar el testimonio de sus conmovidas condolencias. Ha sido el amigo, el camarada intelectual de toda esta generación, era la República, París, Francia, la juventud, las artes. Me parecer ver un trozo de paño del cual fue arrancado su principal ornamento y del que sólo queda una marca e hilos cortados. Ah, las flores, las coronas, las marchas fúnebres, las banderas, las delegaciones, los honores, prodíguenselos ahora, pueblo impaciente, pueblo ingrato, pueblo injusto. Todo terminó ya. Envuelvan en paños tricolores la triste caja que encierra los restos horribles de esta luminosa inteligencia. Dignos son ustedes de honrar este cadáver mutilado, ustedes que han envenenado el último año de la vida de esta alma. Todo está terminado. Sólo quedan hombrecitos estupefactos ante la gran fosa abierta de aquel que tanto los incomodaba con su superioridad. Cuántos hubo que en voz baja se decían que Gambetta, con su genio absorbente, les impedía hacerse un lugar. Ahora el lugar es suyo, ¡muéstrense entonces! Mediocres, envidiosos, nulidades, su muerte no los transformará.

Toda nuestra sociedad almorzó en casa de madame Marinovitch. Madame Gavini comió, rió y se extasió con la belleza del cortejo, mamá persiguió a la baronesa de Michels, nueva embajadora en Madrid, para invitarla a nuestra velada, Dina se rió de mis lágrimas. Mucha diversión. Yo no lloré frente a los demás pero tenía la garganta estrangulada y los brazos inertes. Salimos de allí a las tres, todos enfilaron hacia la izquierda. Los Campos Elíseos estaban grises y desiertos. Hace tan poco tiempo este hombre se paseaba por allí tan alegre, tan joven, en ese tan simple coche que tanto le han reprochado… Qué mala fe, por todas partes. Porque los hombres inteligentes, probos, instruídos, franceses, patriotas, no podían creer, en su alma y su conciencia, en las infamias con que ellos mismos cargaban contra Gambetta. Dicen que su banca de diputado ya fue retenido por un insecto de la Cámara. No hay allí, entonces, nadie para oponerse a la grosera injuria que le hacen a aquél por quien se ha decorado esta Cámara, con las tribunas cubiertas de coronas, ornadas de lámparas y velada, como si fuese una viuda, con un inmenso crepé negro cayendo del frontón en bandolera y envolviéndolo con sus pliegues transparentes. El velo es una inspiración de genio, imposible inventar una decoración más dramática. El efecto es atrapante, me hace mal y da una impresión de frío, de terror, como la bandera negra de la patria en peligro.

Tuvimos muchas visitas, la condesa de Villevieille y su hija, la duquesa de Fitz-James, la marquesa de Villeneuve-Bonaparte, la condesa Durós, etc. Esas idiotas hablan de entierro civil. Yo creo que el mismo Dios no se preocupa de esas bobadas y que le reserva otro recibimiento a esa alma divina, diferente al de las pequeñas almas de los devotos. Estas mujeres son estúpidas pero, gracias a la duquesa, nosotras vamos a codearnos bastante con esta sociedad. Es un sufrimiento para mí pero, en definitiva, un sufrimiento que halaga la vanidad.

Domingo 7 de enero de 1883 – En estos momentos la lectura de los periódicos es curiosa. El «Voltaire» me hace llorar, el «Fígaro» me seca las lágrimas con una reseña imparcial, tal vez, pero que me quita las ilusiones y el entusiasmo, lo que siempre es penoso. En cuanto a mí, adoro el discurso de Brisson, sí, hemos sido decapitados como dijo Hecht, sí, Gambetta era la poesía y la cabeza de nuestra generación. Hablo de nosotros. Pero, como no tengo la dicha de ser francesa me refiero a la fraternidad de los pueblos y a la República universal. Desde la «Justicia», para tranquilizar a los republicanos, aseguran que los hombres no son nada y que la idea lo es todo. Entonces dénnos una monarquía constitucional, si es que los hombres no son nada. ¿No? Si no, ¿cómo explicar que los hombres no son nada? A mí me parece que los hombres lo son todo y que el principio republicano comporta esta idea de una manera absoluta. Sí, el gobierno de los hombres elegidos por sus méritos, de donde sea que provengan. Y aquello que podría ser demasiado… poético en ese sistema, termina siendo moderado por las instituciones republicanas. Los hombres no son nada, estúpido error, flores de envidas. Los hombres tales como Gambetta siempre se harán elegir, pero para que sean útiles es necesaria la República. ¿Pero por qué, entonces, esa ausencia de dolor en los funerales de Gambetta, lo mismo que lo que se ha señalado en los de Mirabeau? Y sí, ésa es la impresión verdadera e incomprensible que yo misma he experimentado… La «Justicia» habla del carácter pagano de la ceremonia, las gracias y la poesía de esa existencia de ateniense, trasmitidas a su cortejo… Eso es, tal vez… Tal vez la grandeza del hombre, los honores rendidos a la majestad del genio no dejaron lugar al enternecimiento desconsolado, a la desesperación del corazón que puede inspirar una muerte más humilde… Skobeleff, Gambetta, Chanzy, Adrien, la alianza franco-rusa y el aplastamiento de Prusia… Con Skobeleff, Gambetta y Chanzy, Francia recuperaba la Alsacia-Lorena y nuestras provincias bálticas no estaban amenazadas, mientras que ahora… Julián cenó aquí y Tony [Robert-Fleury] vino a la noche, ¿de qué quieren que hablemos si no es del Muerto? Qué vacío. Qué estupor. Cuando vivía, nadie se daba cuenta de lo que era ese hombre. Lean el discurso de Brisson. Yo acabo de hacerlo y llego con una emoción todopoderosa, francesa y patriota a morir. En estas grandes emociones… abstractas, por así llamarlas, una se siente conmovida hasta las fuentes de la vida misma y se ve elevada a alturas del sentimiento que enorgullecerían al propio Gambetta. Julián y Dusautoy escuchaban mis bellas frases. [¿Jacques?] Dusautoy cree que he llegado y lamenta que sea mujer. Julián también pero con una sonrisita como para no parecer tanto a mis pies como el músico. Estoy sentada, decir que estoy por el suelo sería demasiado. El pensamiento de que todo está terminado, que este gran artista, que ese sublime tribuno ha callado para siempre me colma de una tristeza y de una rebeldía que no puedo describir. Fue un atentado de la muerte, como dijo un periodista.

Lunes 8 de enero de 1883 – Realmente este hombre henchía a Francia y casi a toda Europa. Todos deben sentir que hay alguien que falta, parece que ya nada queda por leer en los diarios, ni nada resta por hacer en la Cámara. Sin duda que hay hombres más útilies, oscuros, trabajadores, inventores, pacientes administradores… Nunca tendrán ese prestigio, esa magia, ese poderío. Excitar el entusiasmo, la abnegación, cohesionar, correr por los partidos, ser el portavoz heroico de la patria, ¿acaso eso no es útil, hábil, admirable? Encarnar a su país, ser la bandera hacia la cual todas las miradas se vuelcan en los momentos de peligro… ¿no es acaso más que todos esos méritos de oficina, esas virtudes y esas habilidades sensatas de fatalismos maduros? Dios mío, Víctor Hugo podría morir esta noche que eso no le afectaría a nadie: su obra está aquí, sea lo que sea lo que a él le pase y poco importa que muera hoy o dentro de diez años. Además, ya realizó su carrera. Pero Gambetta era la vida, la luz del sol que renacía cada mañana, era el alma de la República, era la gloria, la derrota, el triunfo o el ridículo del país entero. Era los acontecimientos, la palabra, era una epopeya en acción y en discurso del que no se recuperará nunca más ni un gesto ni una inflexión de su voz. Prodigiosa encarnación de un partido [el republicano] que es prácticamente la Francia entera y por todos los medios dispensador de todo eso que hacía vibrar los corazones de simpatía, de terror, de deseos, de admiración o de odio. Ha terminado para siempre. ¿Qué es lo que hará [el periodista Henri] Rochefort y a propósto de qué hará demostración de espíritu? ¿Y quién impedirá el ascenso del talento de Clemenceau? En el [cementerio del] Père Lachaise hubo una formidable procesión de gente. Jamás, dijo un diario, se ha visto un semejante día después. Si yo hubiese tenido la suerte de conocer a este hombre no sé cómo estaría ahora… La enfermedad y la muerte de Gambetta. Alemania y Gambetta. Las manifestaciones. Las coronas. Gambetta íntimo, etc. Eso es lo que se lee en los diarios y parece tan increíble, tan atroz, tan injusto, como… Mi familia encuentra que soy muy buena para quedar abatida por cosas que no me tocan ni me incumben.

Mi retrato me fue «librado». Es un verdadero horror. No me veo fea pero estoy haciendo una mueca extraordinaria. Además, de tan rígida se diría que estoy empalada o que tengo miedo de caerme de mi sillón. Los ojos ausentes y grandes, fijos en el vacío. La nariz, dura y gruesa. Pero el bouquet es mi boca, que es linda pero que Tony ha fruncido en una mueca de sonrisa, inflando mis mejillas. Sepan que protesto contra semejante representación frente a la posteridad. Cuando llegó, los domésticos vinieron a decirme que me trajeron un cuadro. ¿De qué se trata?, es una señora de blanco. Y, cuando Rosalie les dijo que era yo, las otras respondieron: —Esta Rosalie… ¡qué chistosa!, ¡siempre con sus bromas!—. Cuatro mil francos. Pasa de castaño a oscuro por una mueca sin valor artístico. El fondo es rojo oscuro, espeso, opaco y encima los hombros al descubierto y esa cabeza abominable… Las manos están bien. El encaje está tan trabajado que quedó pesado, espeso, espantoso. No, pero si a la vuelta de cada esquina me topo con la felicidad…

Martes 9 de enero de 1883 – Vino Nervo con el hombrecito que conducirá el cotillón para arreglar los detalles. Y luego el menor de los Coquelin por la comedia, el mayor está en San Petersburgo y es allí en donde se enteró de la muerte de Gambetta. La muerte de Gambetta, eso no les parece triste ni injusto. Desde hace una semana me sumerjo en la lectura de Gambetta, Mirabeau y la Revolución. La Revolución francesa ya pertenece a todo el mundo, por lo tanto no creo ser ridícula apasionándome por esos acontecimientos extraordinarios, permanezco trastornada, es una fiebre que me hace olvidar todo y a la noche me dan a beber caldo porque a menudo no puedo cenar. Si tuviese que explicarme diría que estoy desesperada por la muerte de Gambetta. He llorado por la muerte del Principito [Napoleón IV] como se llora por un melodrama, fue algo trágico, fue, sobre todo, conmovedor, el chico asesinado en África, tan lejos… Pero lo que lloro ahora… sólo lo podría describir correctamente si tuviese el honor de ser francesa y la felicidad de ser hombre.

Miércoles 10 de enero de 1883 – Fuimos a la Ópera, la condesa de Kessler nos había enviado [los billetes de] su palco. Hamlet. En cuanto a hombres, mi padre y Saint Amand. Regresamos a las once y media.

Jueves 11 de enero de 1883 – Michka acaba de llegar. La casa está en el aire por la fiesta de mañana, mudanza de muebles, pasada de lustre, tinturas, etc., etc. Nos pidieron cantidad de invitaciones.

Viernes 12, sábado 13 de enero de 1883 – Había enviado por el arquitecto para arreglar el atelier pero, en lugar de eso hemos charlado de Gambetta. En su calidad de lorenés, imagínense si no habrá estado exaltado. Fue él quien arregló el velo del Palacio Borbón.

En fin, esta noche fue nuestro baile. Coquelín y Reinchemberg actuaron «En la Puerta» y luego hubo una pequeña opereta que ellos mismos cantaron. Todo transcurrió muy bien, mucha gente, jóvenes en cantidad y señoras muy chic. La duquesa de Fitz-James, el general y madame de Charette, mademoiselle de Charette, madame Johnston (amiga de los Charette), su hija y además los Gavini, la condesa Durós, la princesa Bonaparte, etc. Una gran velada, en fin, un bello cotillón. Pero todo resultó tan vacío para mí... no había un alma que pudiese interesarme. Me había propuesto ser amable con todos pero, debido a una especie de esguince que me hice antes del baile, me vi obligada a moverme lo menos posible. A las tres subimos a tomar una colación en el atelier, allí nos sentamos a una mesa, sobre el estrado, con Michka y Emile Bastién que es, por demás, el mejor de los seres. [De través: No estaba ni linda ni bien vestida. Fue como a propósito. Madame Kanchine, que nos había dejado de lado, pidió que la invitásemos y vino con su hija, también otras señoras rusas que conocimos en casa de madame Engelhardt].

Y hoy, entrada trágica de Soutzo, verde, blanco, pálido, con lágrimas en los ojos. Dijo que no se había enterado de nuestra velada de ayer. Que jamás, jamás hubiese sido capaz de esa infamia de las cartas, etc., etc. En fin… además… que dicen que soy excéntrica… (lo he sido)… también que estoy tocada, que me entrego demasiado a las artes, que fumo, que… me emborracho, que dibujo con modelos desnudos, (comadreos que me parecen lógicos en cierta gente), que estuve enamorada de Cassagnac, que éste prefirió a mademoiselle Acard, que en Roma la familia de Antonelli se opuso al matrionio, que… En fin, todas esas cosas más o menos ciertas que yo temía que se estuviesen diciendo y a las que en este momento asimilo como mentiras y atrocidades tan humillantes… aunque… ahora hasta yo misma estoy dispuesta a creer… Pero no… ¡¡eso!!, ¡¡y de mí!! Hay chicas que salen, que flirtean, que ven continuamente a muchachos, en sociedad y afuera, y a quienes, dicen, les sucede de tener citas y también historias… Pero yo…, ¡encerrada en este atelier!… en fin, no tengo nada que comentarles, ustedes han venido siguiendo mi vida… No sé qué más decir, qué creer, cómo ser. Y ahora, frente a cada imbécil voy a temblar como una culpable ante el juez. Y ese mundo fue creado por Dios y todo pasa con su autorización, por todas partes… ¡Pero si no existe! O bien… O bien es el Ser supremo, que no es un Ser, que es la suprema esencia y cuya utilidad práctica no aparece por ninguna parte… Y Julián, él ha creído como los demás, y de los demás, una pila de infamias. El otro día nomás hablaba de [Alexandre] Dumas [hijo] y nos decía con una sonrisa que éste habla a menudo de mí, como de un ser extraño, interesante… gracias a lo que, precisamente, Julián anda contando de mí. Entonces, ese gran paisano, a quien yo creía tan fino y tan simpático, habla de mí de una manera… Ustedes saben que a menudo charlamos y muy íntimamente, yo con toda confianza como ante alguien que me conoce de menoria y con quien puedo desplegar mis fanfarronadas y mis malicias. Me he jactado de ser fuerte, escéptica, de hablar de todo, de reírme de todo… Entonces, el otro día, nos llevamos a hablar de mi corazón y él me dijo: —¿Podemos decirnos todo? —Ya lo creo, adelante. —Tómelo como debe ser… Usted sabe, los hombres entre ellos… —Pero, adelante… —Pues bien, el otro día encontré a uno de mis amigos, que ya había oído hablar de usted y que la había visto, y entonces me dijo: «¿Qué hay con esa señorita?… ¿tiene… aventuras?». Apuesto a que usted comprende. Pues bien, yo le respondí: «Mi estimado, sólo hay esto (señalándose la cabeza), el resno no existe»—. Entonces… ¡no se indignó! No dijo: «¡Pero usted está loco! Pero entonces usted no sabe de quién se trata, etc.». Simplemente respondió lo que opinaba, que yo sólo vivía por la cabeza y que el corazón y el… resto no existían para mí. No hay nada que agregar… así que no diré nada. Estoy por el piso. Todo esto es irreparable… Yo, que me creía tan orgullosa, tan pura y que para asombrar dejaba a menudo escuchar que soy tan pícara… Y me parecía que esas cosas no sorprendían, me parecía todo tan simple… Así que, cuando ando diciendo que adoro a [René de] Saint Marceaux y van y se lo repiten, él no ve para nada un entusiasmo de chica artista, de niña mimada, sino, tal vez, provocaciones, invitaciones… una búsqueda de aventuras… ¡¡Pero si sería horrible!! ¡Sería para llorar durante mil años! ¡¡¡¿Pero dónde está Dios?!!!... Dios mío, quiero creer en ti, no creer sería… morir de desesperación en tales circunstancias, Dios mío, haz que todo se arregle, o mejor, que me sienta tranquila, que me haga la ilusión de… Que encuentre consuelo, en definitiva… Por un instante tuve la idea de ver a Cassagnac o de escribirle. Pero ¿para qué? Hablan infamias de mí, Tú sabes que son mentiras, defiéndeme, entonces... No sabe si estoy viva. Ocupa mi pensamiento desde hace cinco años pero yo no existo para él. Nunca intercambiamos diez frases seriamente, solos. Cree seguramente en esas infamias, ¿por qué no? He aquí cuatro años en que nos hemos perdido de vista… y cuando me vio yo sólo tenía diecisiete años y era romántica, loca, y envalentonada por los míos, seres débiles e imbéciles sin ninguna civilización.

Domingo 14 de enero de 1883 – Ha aparecido una cantidad de artículos sobre nuestra fiesta y uno sobre todo en el que se atribuye a «Bastién Lepage» la organización artística de la velada. Da la impresión de que he querido hacer pasar a Emile por el verdadero y de haberme jactado de eso… Es tan insoportable que inmediatamente le escribí al arquitecto acusándolo de haber dado datos falsos a los periódicos. El artículo decía que mi padre es un antiguo gobernador de la provincia de Poltava y yo me aferré a eso: «Dígame quién pudo haber sido, si no usted, el informante del «Voltaire». Mi padre no fue despedido, Bastién-Lepage no decoró nada, etc. En fin, ¿quién si no usted sabría que fue usted quien descolgó tres cortinajes con mi prima? Si no es cierto, lo perdono». Lean su respuesta [falta], en un francés deplorable, pobre arquitecto. Y he aquí la mía: «Estoy encantada de haber provocado esta ex-plicación, es imposible reparar esas irreparables fantasías más que a fuerza de franqueza. De todas maneras, queda una nube y es irritante cuando una piensa en el placer que tal cosa les causa a aquellos que así lo han querido. En cuanto a usted, para ser bien recibido no tiene absolutamente necesidad de que se lo tome por su hermano. No hablemos nunca más del tema pero sepan ambos que los míos y yo misma estaremos siempre felices de contarlos entre nuestros mejores amigos. Entonces, será hasta el miércoles a las once. Recuerdos. Marie Bashkirtseff». En fin, todo esto me agita grandemente. Se ha cortado nuestra amistad naciente con el verdadero Bastién. Amistad… No supongo maldad en los artículos, al contrario, han querido ser agradables… ¡pero han creado un estado de cosas absolutamente detestable! Es desagradable, es absurdo, es molesto… [En el margen: Alexis y Dusautoy acudieron esta noche para decirnos que fueron ellos quienes nos enviaron a Soutzo para que se disculpase, aunque están convencidos de que ha sido él quien nos ha estado calumiando. Sin embargo, dicen que no se lo puede culpar porque está loco y sus hermanas le han encomendado a Alexis enviarles de vuelta de París a ese sucio personaje y también que es absolutamente indispensable que le cerremos las puertas.]

Lunes 15 de enero de 1883 – Madame Gavini vino a almorzar y, puesto que siempre habla con la cruda verdad, sobre todo acerca del lugar en donde nos corresponde estar, he tenido el pequeño placer de escucharle decir que la velada estuvo magnífica, que no se habla más que de ella, que la colación estuvo excelente, el cotillón encantador, etc. Habíamos encargado accesorios a propósito, etc., a nuestra cuenta… En fin, pero eso no arregla mis asuntos con Bastién y los otros periódicos… Parece que desde hace un año y medio o dos se dicen de mí las cosas más locas… ¿¿¿por qué??? Eso sí que me llena de estupor, de rabia y de desesperación. Esta noche iba a descender en peinador y Rosalie, forzándome a vestirme: —No hay que mostrarse así en la cena… —¡Pero si sólo está Michka! —Es igual, no importa quién, eso produce un vulgar efecto, sobre todo cuando dicen cosas que son para tirarse de un quinto piso—. Y agregó: —Vamos, vamos, vistámonos—. Y también esta mañana, a propósito de Soutzo, me dijo que da igual, antes de Soutzo teníamos los mismos jaleos y la misma mala reputación y… todo… Como sea, es algo colosal, ¡¡tienen que reconocérmelo!! ¿Qué es lo que he hecho desde hace dos años? Veamos, ¡es imposible que se inventen cosas de esa manera! ¿Estoy loca o es alguna infamia a propósito? Dios mío, ¿qué debo hacer? Defiéndeme, tú que eres bueno, que eres justo, que eres grande.

Martes 16 de enero de 1883 – El pequeño Bastién nos llevó a Ville d’Avray, a la casa de Gambetta, donde su hermano está trabajando. De no verlo con sus propios ojos nadie se imaginaría un interior tan miserable, porque modesto expresaría mal lo que realmente es. Sólo la cocina parece conveniente en esta especie de casa de jardinero. El comedor es tan pequeño y tan bajo que uno se pregunta cómo pudo pasar por allí el ataúd y de qué manera sus famosos amigos lo han podido rodear y sostener. La sala es un poco más grande pero pobre y desprovista de todo confort. Una infame escalera conduce al dormitorio, que me colmó de asombro y de indignación. ¡Cómo! Fue en esa miserable pajarera, en la que yo, literalmente, tocaba el techo con las manos que han dejado durante seis semanas a un enfermo de la constitución de Gambetta, y en invierno, con las ventanas cerradas… ¡¡Un hombre grueso, asmático, herido!! Murió también por esa habitación. Un grosero empapelado de diez centavos, una cama negra, dos secreters, dos espejos remendados entre las ventanas y cortinas de vieja y miserable lana roja. Un pobre estudiante no se alojaría de peor manera. ¡Este hombre a quien tanto se ha llorado nunca fue querido! Rodeado de accionistas, de especuladores, de explotadores no tenía a nadie que lo quisiese por sí mismo o incluso por su gloria. ¡Pero si no tendrían que haberlo dejado ni una hora en esta caja malsana y miserable! ¡Cómo! ¡Si los peligros de un trayecto de una hora eran los mismos que los de permanecer allí, sin aire, en esa horrible piecita! ¡Pero si sobre un colchón, en brazos de sus amigos lo podrían haber transportado sin la mínima sacudida! ¡Ville d’Avray o más aún los Jardies [la casa de Gambetta], que nos describían en los diarios como una pequeña casa quinta! ¡Ese hombre del que se decía muy ocupado en sus comodidades y en sus lujos! ¡Pero qué infamia! ¡Una casa en donde se pasa tres días de la semana sobre un pie y el resto sobre el otro!... Puedo comprender todavía que no se haya ocupado él mismo, ¡pero sus amigos y sus mujeres! Si hubiese tenido una sola mujer amante, ella no lo habría dejado allí, rodeado de objetos tan vulgares, tan innobles. ¡Y sus famosos amigos! Pero si vivían de él. Y eso es todo. Madame Arnaud está representada en una cacerolita de plata, hay también un sillón con un L.G., de mal gusto y de pacotilla. ¡Todo tan extraordinario! ¡Ah!, ¡si hubiese estado yo! Estaría vivo… Bastién trabaja al pie de la cama, así, vean este plano. Los paños arrugados sobre el edredón que simula el cuerpo, las flores sobre las sábanas. En los grabados una no se da cuenta de las proporciones de la pieza donde la cama ocupa un lugar enorme. La distancia entre el lecho y la ventana no permite retroceder para nada, por lo que la cama está cortada en el cuadro, no se ven los pies. Ese cuadro es la verdad misma. La cabeza echada hacia atrás aparece de tres cuartos, con esa expresión de vacío luego de los sufrimientos, de serenidad todavía viviente pero ya del más allá. Una cree verlo en realidad. Ese cuerpo extendido, inerme, aniquilado, del cual la vida acaba de partir, es realmente sobrecogedor. Es una emoción que nos sube por las piernas y nos estruja los riñones. Dichoso de Bastién. Me siento un poco incómoda en su presencia por esa estupidez que salió en el periódico. Aunque con un físico de muchacho de veinticinco años, tiene esa serenidad benevolente y sin pose que se puede ver en los grandes hombres, Víctor Hugo, por ejemplo. Terminaré por encontrarlo bello. En todo caso, posee ese encanto infinito de las gentes que son un valor, una fuerza y que lo perciben, pero sin fatuidad y sin estupidez. Lo observé trabajar mientras que él charlaba con Dina y los demás estaban en la pieza de al lado. En el muro se encuentra el agujero de la bala que mató a Gambetta . Nos lo mostró y entonces la tranquilidad de esa habitación, las flores marchitas, el sol por la ventana, en fin, todo eso me hizo llorar. Sólo que él estaba de espaldas, consagrado a su pintura, y entonces, para no perder el beneficio de ese momento de sensibilidad, le tendí bruscamente la mano y salí rápidamente, con el rostro cubierto de lágrimas. Espero que lo haya notado. Es estúpido… Sí, estúpido confesar que pienso siempre en el efecto.

Y luego fuimos a la casa de la marquesa de Villeneuve en donde conocimos a su madre, la princesa Pierre, una antigua lavandera, por lo que dicen, pero buena mujer y de magníficas manos. Me mortifica ese incidente del periódico y de Bastién… ¡¡¡otra preocupación, para mi tormento!!! Las lágrimas por Gambetta me habían refrescado, pero esto es algo miserable, es irritante, es abrumador, me siento avergonzada. Parece que hubiésemos querido hacer pasar al hermano por el verdadero, es ridículo, es odioso… Y, sobre todo, sobre todo… es algo que lo alejará de nosotras. Ese hermano es muy bueno, excelente, etc., pero yo querría al verdadero, al grande, al único. Es el Gambetta de la pintura, se distingue de los demás talentos como un maestro ya muerto. Hay genio allí.

 


Agradecemos a M. Jean-Paul Mesnage, presidente del Cercle des Amis de Marie Bashkirtseff, quien no sólo nos aportó la versión integral del Diario, para su selección y traducción sino que nos brindó su confianza y nos testimonia su aliento permanente para la tarea que encaramos.
Nuestro reconocimiento también a los inestimables aportes de Mlle Catherine Hayet, traductora de español, estudiosa del Diario y de la vida de Marie Bashkirtseff.

José H. Mito
jose.mito@bashkirtseff.com.ar
Autor de este sitio web - Responsable de la traducción.
(Críticas y comentarios serán bien recibidos)


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